Sueño con matarme, pero en año nuevo me regalaron una pieza de tela para un kimono de verano. Me dije que viviría hasta el verano. (Osamu Dazai).
¿Qué tal el titulo?
Este libro, escrito por Héctor Gamboa, me lo regaló Alberto Beuchot algunos meses antes de que yo me saliera de trabajar de la prepa. Me encanta que la gente me regale libros de sus bibliotecas personales, y este no fue la excepción. Tiene los subrayados de Beuchot cuando hizo la maestría (¿o habrá sido durante el doctorado?), en amarillo. Se divide en dos partes: en la primera se hace referencia a los estudiosos de este tema del suicidio, y en la segunda están las “biografías breves” de algunos escritores suicidas, que son: Manuel Acuña, Walter Benjamin, Osamu Dazal, Pierre Drieu la Rochelle, Serguei Alexandrovich Esenin, Ángel Ganivet, Yasunari Kawabata, Leopoldo Lugones, Henry de Montherlant, Jan Potocki, Horacio Quiroga, Emilio Salgari, José Asunción Silva, Alfonsina Storni, Ryunosuke Akutagawa, Calvert Casey Hernández, Jack London, Cesare Pavese, Ernest Hemingway, Jaime Torres Bodet, Heinrich von Kleist, Gérard de Nerval, Vladimir Maiakovski, Yukio Mishima, Virginia Woolf (¿a pocoooo?), Stefan Zweig y Jorge Cuesta.
La relectura de este libro viene justo semanas después de que Carlos Briseño se suicidara y en el trabajo comenzáramos a disertar acerca de si se había tratado de un acto de valentía (el que se quita el miedo a la muerte se quita el miedo a la vida) o de tremenda cobardía.
La mayor parte de la gente va a mencionar el suicidio como cobardía. Yo siempre he defendido a los suicidas, porque realmente uno no sabe qué revoluciones hay en su mente, qué dolores, qué desgracias, qué tragedias les impidan vivir y prefieran tomar esa decisión.
En algún momento de mi vida yo coqueteé con la idea del suicidio. No recuerdo exactamente a qué edad, pero siempre imaginé que mi familia estaría mejor sin mí. Llegó un momento en que yo pintaba con plumón las vena de mis muñecas y me decía “por acá me voy a cortar”, pero luego pensaba en el dolor y mejor me esperaba a tener otra idea suicida menos dolorosa.
A los catorce años perdí a mi mejor amiga de la secundaria. Fue un golpe terrible, porque era muy joven, no estaba enferma y tenía muchos planes. Entre toda la maraña de sucesos de aquellos dos días tristísimos que nunca olvido, recuerdo haber pensado “ojalá y hubiera sido yo”. El resto del año escolar yo no fui la misma, así de fuerte fue el impacto que me causó la muerte de Teté. Yo seguía pensando en la muerte, pero mis impulsos suicidas se habían atenuado. Hasta el día en que Genny me ofreció una pastilla. Era negra. Me dijo que si me la tomaba me moriría. Así de simple. Y así me la tomé. Lo que sucedió después no lo recuerdo con claridad, no sé si pude vomitar la pastilla o no, pero definitivamente no me mató tal como Genny predijo. Fue la última vez que llegué a pensar en el suicidio.
Han pasado los años, han pasado las tristezas, las decepciones, las muertes y aquí estoy. A ratos me desespera mi vida, a ratos soy tremendamente feliz, a ratos sólo estoy suspendida como en un limbo, esperando que algo pase… pero ya no pienso en el suicidio… porque no me puedo ir de este mundo sin haber dejado una profunda huella literaria.
Y basta de disertación sobre mi. Les paso a continuación los tres tipos de suicidio que cataloga Émile Durkheim y que menciona Gamboa:
1. Suicidio egoísta: aquel que debilita o siente debilitados los nexos que le unen a la sociedad.
2. Suicido altruista: en contraposición al anterior, encierra un deber social y un sacrificio.
3. Suicidio “anósmico”: es el que corresponde a aquellas personas que se suicidan por un quebrantamiento de las leyes.