Se llevaron el cañón para Bachimba

Octubre 25, 2009 por Oliva León

- No, Alvarito, tú debes quedarte aquí; cuida de nuestra casa como un centinela. El viaje que voy a emprender será largo y difícil, tú no podrías resistirlo y quizá llegaras a ser un estorbo para mi, porque un hombre solo puede salvar muchos peligros, pero no todos los que se le presenten si va acompañado de un niño como tú. ¿Comprendes? Todavía te faltan muchos años para ser hombre.

Llegué a este libro de Rafael M. Muñoz por Vicky. Ella fue una amiga muy querida de la carrera, personaje inefable, porque no puedes describirla con palabras, tienes que conocerla, caminar con ella, platicar, reír, comer, echarte un churrito y verla tejer pulseritas o collares. En cuanto ella me comentó del libro guardé muy bien en mi memoria el título, afortunadamente no tuve que esperar mucho, porque Conaculta y Editorial Planeta sacaron una serie de “Grandes Novelas de la Historia Mexicana” y, aunque un poco caro para una estudihambre como yo, lo compré.

De eso hace ya casi seis años, y hasta hoy tuve tiempo de leerlo. Y recordé a Vicky, y sonreí pensando que el nombre del autor es el mismo del ilustrador que me convierte en chicle las rodillas cada que lo veo, y me reí cuando Juanito se despidió de mi, estando yo tan absorta en el libro, que me hizo saltar y pegar un grito, que casi infarta a Fer, mi nueva vecina de trabajo.

De la novela les puedo comentar que me gustó. Últimamente lo de la Revolución Mexicana está en boga, por esto del Centenario y todo, y pues también, desde hace muuuuchos años muchas manifestaciones y plantones se cometen en su nombre. Obviamente hay muchas visiones y opiniones y, a fin de cuentas, cada quien usa y manipula tanto el vocablo como el hecho histórico y lo usamos según nuestro contexto personal, por lo que entender a cabalidad el significado de la Revolución va a ser un cuento de nunca acabar.

Pero hay una revolución que, a mi parecer, es la más importante que se gesta en esta historia: la de Alvarito/Álvaro. Alvarito al amparo de su padre, Álvaro a merced de la Revolución y la tropa de Marcos Ruiz. La inocencia perdida al ver caer al primer muerto, al aprender a disparar, al formar parte de un grupo de hombres, al estrenar la hombría que su padre le coartó mencionando su nombre en diminutivo cuando se despidió de él, al aprender a tener hambre y sobrevivir sólo con pinole.

Si la pueden conseguir, lean esta novela: capítulos cortos, concisos pero descriptivos, que nos sitúan no sólo en una época mexicana que no termina de acabar, sino en la mente de alguien que, como muchos, no entendió en su totalidad de lo que se trataba esa guerra.

Huasipungo

Septiembre 21, 2009 por Oliva León

En cuanto se desocupó el latifundista entró el cura. También a él – ministro de Taita Dios – nunca pudo la mujer del teniente políticonegarle nada. A Juana le gustaba ese misterioso olorcito a sacristía que en los momentos más íntimos despedía el tonsurado.

Y aquella noche, con picardía y rubor excitantes, al ser acariciada y requerida, ella objetó:

- Jesús. Me han creído pila de agua bendita.

- Sí… Sí, bonitica… – alcanzó a murmurar el fraile aturdido por el alcohol y el deseo.

Cuando los ilustres jinetes le abandonaron, Juana probó a levantarse sin muchos remordimientos – quizá pecado con patrón y con con cura no era pecado -. Pero luego, al cubrir sus desnudeces bajándose los follones, arreglándose la blusa y notar que desde un rincón velado por la penumbra el menor de sus hijos había estado observando la escena con ojos de asombro doloroso, sintió una vergüenza más profunda que el posible remordimiento, más pesada que la venganza que podía hallar en su marido.

Este libro fue uno de los caminos que transité para acercarme a Pablo. Lo encontré (al libro, no a Pablo) en una de mis primeras vacaciones en Guadalajara, mezclado entre revistas, dulces, cepillos de dientes y rastrillos en la caja de una Comercial Mexicana. Lo tomé por curiosidad, pero en cuanto vi en la contraportada la palabra “Ecuador”, no lo pensé más y supe que ese libro debía ser mío. Y tras pagar 30 pesos, lo fue.

A mi regreso a Monterrey le comenté orgullosa a Pablo que había encontrado a uno de los autores ecuatorianos más influyentes de su tiempo, Barniol me dijo que no lo había leído, pero “qué bueno, amiga, qué bueno”.

El cisma entre Pablo y yo se produjo antes de que yo pudiera sumergirme en Huasipungo. No fue sino hasta ayer que lo pude leer, ya que ha pasado el tiempo y el recuerdo de Pablo no me desgarra ni me vuelve la persona más triste del mundo.

En la lengua quechua, huasipungo es una pequeña porción de tierra que el indio cultiva para su uso, pero que lo obliga a contrato forzoso con el latifundista (lo que tiene diversos nombres en toda América Latina). Esta novela trata acerca de la rebelión de los indios ecuatorianos (los buenos) contra los latifundistas y los yanquis (los blancos, los malos), que es, a fin de cuentas, aplastada por la fuerza de éstos últimos.

Es un texto breve que ofrece una mirada certera, aunque un tanto maniquea, de la situación del indígena ecuatoriano, de la miseria de vida de unos y la miseria de alma de otros, así como de la terrible marginación social. Aunque se ubica en un espacio americano determinado, la novela salta las fronteras y se vuelve, así, clamor general de todos los indígenas de América Latina.

Las vidas sexuales de los ídolos de Hollywood – Rodolfo Valentino.

Septiembre 1, 2009 por Oliva León

Exacto. El Gran Amante. Para la estética de nuestros días tal vez pasaría más por afeminado que otra cosa, pero en sus épocas, en sus buenas épocas, este hombre desató pasiones inimaginables en el mundo de excesos de Hollywood.

Para empezar, diremos que su verdadero nombre era Rodolfo Guglielmi di Valentina, pero tuvo que cambiarse el nombre una vez en Estados Unidos, por la sencilla razón de que era impronunciable, y si no lo pronunciaban bueno, lo olvidaban.

“El desnudo es la cosa más bella del mundo”, escribió, y lo gozaba en una forma muy común. “Sólo porque una mujer es mujer; no la aclamo con palpitante corazón como una obra maestra de Dios, una divida adicta de Venus, un loto de amor. Cuando una mujer es bella, es un milagro. Cuando no es bella, es una mujer que compadezco y respeto.”

Antes de llegar a ser el ardiente galán de películas, Rudy, como también era llamado, fue bailarín. Por unos cuántos dólares bailaba con mujeres, dejaba que lo manosearan y, en algunas ocasiones, incluso seguían en baile en alguna habitación.

No obstante, su fama como amante corrió peligro por sus pésimas elecciones. Si bien es cierto que le cumplió a la fascinante Pola Negri, a Bianca de Saulles, a Mae Murray, por sólo mencionar algunos nombres, se dice que nunca consumó su matrimonio con Jean Acker, amiga de la notoria lesbiana Alla Nazimova. ¡¿Qué?! Bueno, al menos con Natasha Rambova tuvo mejor suerte, pero con ella su carrera se fue a pique.

Rodolfo Valentino murió el lunes 26 de agosto de 1926, debido a peritonitis y úlceras gástricas.

Por todo el mundo, las mujeres lloraron al conocer la noticia. Pola Negri pronunció su nombre en repetida lamentación una y otra vez. En Londres, una actriz llamada Peggy Scott se suicidó en su dormitorio, rodeada de fotos de Valentino. Nunca lo había conocido. Una muchedumbre de 12 mil personas, en su mayoría mujeres, bloqueó las calles alrededor del salón funerario de Nueva York donde yacía Valentino. En total, más de cien mil personas desfilaron ante el ataúd.

Las vidas sexuales de los ídolos de Hollywood – Charlie Chaplin

Septiembre 1, 2009 por Oliva León

Este libro de Nigel Cawthorne lo encontré en el Liverpool de Irapuato y, ¿a qué negarlo? atrajo mi atención enseguida. Es bonito (negro, con un bello James Dean en la portada) y es chismosito, entonces…  Como el post se haría enorme con las breves descripciones de cada capítulo, voy a poner cada una de las andanzas de estos hombres por separado.

El vagabundo. Es decir, Charlie Chaplin. Su padre era alcohólico y su madre loca, por lo que tuvo que buscar modelos filiales y medios de ganarse la vida desde temprana edad. Fred Karno, gran maestro del vodevil, les ayudó a él y a Stan Laurel a abrirse camino en el mundo de la comedia, y también los introdujo en el mundo del sexo. Cabe señalar que Chaplin tuvo siempre una peligrosa fascinación por las adolescentes en flor, de 15, 16 años, que lo llevó a matrimonios indeseados y a punto estuvo de conducirlo a la cárcel. Uno de sus amoríos más importantes fue con la maravillosa actriz polaca Pola Negri. Fue un amor tempestuoso, apasionado, de altas y bajas. Fue una de las pocas mujeres mayores de 16 años (tenía 30 cuando se conocieron) por las que Charlie perdió absolutamente la cabeza. Sin embargo, Charlie encuentra en Ooona O’Neill, de 16 años e hija de Eugene O’Neill, a la princesa con la que siempre soñó. Con ella, el vagabundo seductor hizo tierra hasta el final de sus días.

Por la época en que Charlie decidió darle calabazas a Pola Negri, su segundo matrimonio, con Lillita McMurray, comenzaba a gestarse. Aquí,un fragmento de la historia.

No cabe la menor duda de que su madre, Nana McMurray, sabía lo que estaba pasando. Había trabajado en el estudio de Chaplin durante su matrimonio con Mildred Harris. Siendo una verdadera madre de Hollywood, la señora McMurray entrenó a su hija para el papel que tendría que interpretar si quería contar con un contrato cinematográfico. Después de largas pruebas, Lillita firmó con el nombre de Lita Grey, por 75 dólares a la semana.

Al principio la pequeña Lillita tuvo problemas para identificarse con el papel. En la habitación de Charlie en el hotel, “él me besó en la boca y el cuello y sus dedos recorrieron todo mi alarmado cuerpo”, escribió ella en su autobiografía. “Su cuerpo se retorció furiosamente contra el mío, y de repente parte de mi temor se convirtió en repugnancia.”

A la larga, después de retozar al desnudo por su casa, Charlie tomó su virginidad en el piso embaldosado del baño de vapor. Lillita quedó tan sorprendida como halagada. Él podía haber tomado a cualquiera entre cien muchachas, dijo.

“No cien, sino mil”, dijo él, corrigiéndola. “Pero yo quería ser travieso contigo, no con ellas.”

Lillita no sólo toleró el acto sexual con Chaplin, que era veinte años mayor que ella, sino que llegó a gustarle. Y a Charlie también le gustaba. No toleraba usar condones, que describía como “estéticamente espantosos”. Ya que en sus centenares de encuentros sexuales sólo había embarazado a una de sus amantes, Mildred Harris, se imaginaba que debía ser casi estéril, así que fue una sorpresa cuando la señora McMurray anunció a todo el reparto de La quimera del oro que su preciosa hija estaba embarazada. Chaplin sugirió que Lillita abortara. Ella se negó. El abuelo de ella apareció por allí cargando una escopeta. Charlie ofreció a Lillita 20 mil dólares para casarse con otro pero ella dijo que sólo quería a su Charlie.

La leona blanca

Agosto 31, 2009 por Oliva León

- No estoy seguro de haber comprendido tus palabras – se excusó Wallander -. Pero acepto el regalo.

-Uno no puede comprenderlo todo. Una historia es un viaje que no tiene fin.

-Ésa es, probablemente, la mayor diferencia entre tú y yo. Yo estoy acostumbrado a que las historias tengan un final, y así lo espero. Para ti, en cambio, una buena historia es una historia infinita.

-Es posible – admitió Mabasha -. Saber que uno no volverá a ver a una persona puede ser fuente de felicidad, pues nos queda entonces algo que pervive.

Este libro me lo regaló Juanito – u por mi cumpleaños. Lo aprecio bastante, no sólo por el tiempo que se tomó para elegirlo y el gasto que hizo – la mayoría de las personas saben que el mejor regalo para mí es un libro, pero luego comienzan las dudas: ¿le gustará? ¿lo habrá leído ya?, y así por el estilo, pero no se preocupen: yo acepto todo por la sencilla razón de que, aunque me no me guste o ya lo tenga, me recuerdan a quien me lo regaló -, sino también porque Henning Mankell es uno de mis autores favoritos. ¡Gracias, Juanito – u!

Mi historia con Mankell se remonta justamente a cuando yo solía explorar el tercer piso de la biblioteca de la universidad en busca de libros. Cualquier autor, el chiste era leer. Así llegaron Mankell y el inspector Wallander a mi vida. En aquella época leí de él los tres libros que había en la biblio, y poco después los fui encontrando en las librerías aledañas, pero como eran Tusquets estaban un poco fuera de mi alcance monetario, pero algún día, algún día… Y sí, cuando entré a trabajar me compré tres libros más de él, mismos que tuve que dejar en MTY porque ya no cabía NADA ni en mis maletas ni en mis cajas ni en la paciencia de mi familia. Andando el tiempo conseguí más libros de él, mismos que también tuve que dejar en Irapuato, pero esta vez no por falta de espacio, sino porque quería que algunos de mis alumnos tuvieran algo de mi aparte de mis cartas. No recuerdo ahorita si le regalé alguno a David (NO TE HAS IDO), pero sí que le di uno a Osnaya, quien se volvió fan. Bueno, al menos eso me comentó la última vez que chateamos.

Mankell no sólo se ha dedicado a la saga del inspector Wallander, pero sin duda es ésta la más conocida. En esta novela, el asesinato de una mujer inocente que, como suele decirse, estuvo en el lugar y momento incorrectos, desata una conspiración internacional cuyos alcances abarcan Sudáfrica, los boere, Nelson Mandela y toda una situación racial que se ha vivido precisamente en Sudáfrica en los últimos años. Mayoría blanca vs. Minoría negra. Boere, ingleses, la seducción del poder.

No puedo contarles nada más. Mejor consigan esta novela y, mientras tanto, den click a este link, donde podrán hallar más información de Mankell y de Wallander.

http://www.inspector-wallander.org/

Los cien sentidos secretos

Agosto 24, 2009 por Oliva León

Los sentidos secretos son los que están emparentados con los instintos primitivos , aquello de que disponían los seres humanos antes de que sus cerebros desarrollaran el habla y las funciones superiores y, en resumidas cuentas, la capacidad de equivocarse, inventar excusas y mentir. Escalofríos que suben y bajan por tu espalda y olores misteriosos, mejillas que se ruborizan de pronto y un súbito erizarse del vello que te pone la piel de gallina: ese es el vocabulario que utilizan los sentidos secretos.

No recuerdo cuándo llegó esta novela de Amy Tan a mis manos. De la autora tenía la referencia de su libro “El club de la buena estrella” – que, por cierto, no he conseguido – pero… Momento, creo que un recuerdo me llega. Sí, conseguí este libro para la clase de Literatura Mundial, pero la verdad creo que lo dejé a la mitad porque no me motivó mucho en aquel momento y porque tenía que preparar mi trabajo sobre Kafka.

Bueno, luego lo retomé – de esa vez sí que no me acuerdo, sólo me di cuenta por mis subrayados con pluma verde fosforescente – pero supongo que pasó sin pena ni gloria.

Esta es, entonces, la tercera vez que lo leo. Quien narra la historia es Olivia (Libby – ah, según la pronunciación de su hermana, Kwan), mitad norteamericana y mitad china, con ciertos vacíos emocionales que Kwan, la hermana mayor, hija de su padre, intenta llenar a toda costa, casi a la fuerza. Está intentando divorciarse de Simon, su marido y, por ende, del fantasma que le acompañaba: su exnovia muerta, Elza.

Kwan tiene ojos yin, lo que le da la facultad de ver y hablar con los muertos, y parece no encajar mucho en las ideas que Olivia tiene acerca de la familia y de cómo debe de comportarse un ser humano, pero esto a Kwan no parece importarle. Ella sigue idolatrándola, haciendo caso omiso de sus desplantes y groserías, por la sencilla razón de que está cumpliendo con el destino.

Olivia pasa media vida entre fantasmas de vidas pasadas y los que han creado su inseguridad y sus miedos, y lo que considera extravagancias de Kwan son, simplemente, caminos de redención para que los fantasmas, la gente yin, pudieran saldar sus cuentas pendientes.

Creo que Kwan pretendía mostrarme que el mundo no es un lugar sino la vastedad del alma. Y el alma no es nada más que amor, ilimitado, interminable, todo aquello que nos impulsa hacia el saber lo que es cierto. Antes yo pensaba que se suponía que el amor era única y exclusivamente un éxtasis de felicidad. Ahora sé que también es preocupación y pena, esperanza y confianza. Y creer en los fantasmas, porque eso equivale a creer que el amor nunca muere. Si las personas a las que amamos mueren, entonces sólo quedan perdidas para nuestros sentidos corrientes. Si recordamos, podemos encontrarlas en cualquier momento con nuestros cien sentidos secretos.

Y es por eso que yo aún los siento aquí, a mis abuelos, mis bisabuelos; Tamara,  Teté… y a David, siempre. Gracias por no abandonarme.

Un grito de amor desde el centro del mundo

Agosto 22, 2009 por Oliva León

- Por más que diga, la mayoría de la gente no piensa más que en sí misma – proseguí – . Con que yo coma bien, vale. Pero enamorarse de alguien significa pensar primero en el otro. Si yo sólo tuviera un poco de comida, querría dártela a ti. Si tuviera muy poco dinero, antes que comprarme algo que me gustara a mí, te lo compraría a ti. Y, sólo con que tu me dijeras que estaba bueno, ya se me quitaría el hambre y, si estuvieras contenta, también lo estaría yo. El amor es esto. ¿Crees que hay algo más importante que eso? A mi no se me ocurre ninguna otra cosa. Las personas que encuentran dentro de sí mismas la facultad de enamorarse hacen un descubrimiento más importante que los que han ganado el Premio Nobel. Y si no se da cuenta, o si no quiere darse cuenta, el ser humano es mejor que se extinga.

Hacía mucho tiempo que no derramaba lágrimas por la lectura de un libro. Yo lloro por todo, desde ver a niños pidiendo dinero en las calles hasta un golpe en el codo, de esos que te hacen estremecerte y sacar tu mejor repertorio de groserías. He logrado controlar el llanto cuando hablo de David, tan sólo se me quiebra la voz, pero siempre guardo las lágrimas para después. A veces me parece que nunca terminaré de llorarlo, por la sencilla razón de que nunca podré volverlo a ver, ni escuchar su voz, ni atestiguar todos los triunfos que prometía.

Esta novela breve, de Kyoichi Katayama, la compré un día en un Samborn’s, para que me acompañara en lo que entraba al cine. Desgraciadamente se me atravesó la tienda de mascotas y me distraje con los perros, así que llegué un poco tarde a la función y la lectura del libro se pospuso, entonces, indefinidamente. Hasta ayer.

La premisa es simple: dos adolescentes que se enamoran por vez primera, con las consabidas sensaciones: el primer beso, la primera reflexión sobre qué es el amor y cómo se ejerce, el despertar a la sexualidad… y la cercanía, como espada de Damocles, de la muerte.

Y por eso lloré tanto con este libro, porque pude meterme en la piel de uno de los protagonistas, Saku – chan, que enfrenta la terrible pérdida de Aki.

Una chica se fue sin más de este mundo. Un hecho insignificante, sin duda, si a ella la consideras uno entre seis mil millones de seres humanos. Pero yo no estoy con esos seis mil millones. A mí, una sola muerte me ha despojado de todas mis emociones.

David fue mi primer amor. Los profanos pensarán que fue una relación “Mrs. Robinson”, ellos qué saben. A ellos qué les importa. Me enamoré de sus ojos, de sus manos, de su caminar, de su talento, de su corazón. Lo admiré. Había tenido otras relaciones, sí, pero ninguna como esa. Desde descubrirme rara aquella mañana de enero, pensando qué podría estar pasando, hasta encontrar la respuesta en su saludo matutino: “Hola, miss, buenos días, ¿te ayudo con tu mochila?”. Y fue un sufrir de todos los días, porque sabía que me había enamorado, pero sabía también que era un exalumno, que era seis años menor que yo y que se había enamorado de una chica de intercambio. Eso no impidió que nos fuéramos acercando cada vez más, que platicaramos en cada minuto libre y que hiciéramos un recorrido siguiendo las vías del tren: duramos caminando doce horas, compramos como veinte creminos, nos deshidratamos, llegamos a comer crepas al centro de Irapuato y, al final, al despedirse de mi, me abrazó y me dijo que mirara la luna.

Y luego, resultó que comenzamos a andar. Por eso, cuando Saku rememora el primer beso, me identifico, porque esa es la sensación exacta que a mi me produjo.

Luego lo perdí. A fin de cuentas, pudo más la diferencia de edades y de caminos recorridos. Me dejó con el corazón sangrando, llorando casi a diario, durante seis meses. Después de esa tempestad, llegó la calma, pero nunca dejé de quererlo ni de albergar la esperanza de algún día volverlo a ver, de caminar por el DF como me prometió, de ir a la panadería donde decía que vendían el mejor pan de México.

Aún recuerdo el tono de voz de Lilia cuando me dijo que David había muerto aquella tarde de sábado. El dolor está todavía presente. Me suenan huecas las palabras de la gente que intenta consolarme, ¿ellos qué saben? David ya no está. No pudimos nunca volver a ser, al menos, amigos.

Mi vida sigue. Mi vida sin David. Aún trato de acostumbrarme a su ausencia. Ya lo había perdido una vez, esta es la definitiva. Siempre pensé que yo me iría primero que mis exalumnos, pero bueno, la vida es inesperada. Me acostumbré al hecho de nunca saber si en realidad me amó, si alguna vez pensó en mí después de que nos separamos. Pero eso ya no importa. Él estuvo en mi vida y eso es lo que cuenta. Gracias a él viví, por primera vez y con toda intensidad, un amor. Y nunca podré agradecerle lo suficiente, de la misma manera en que no dejará de ser parte de mi vida.

Ahora, sólo espero volver a enamorarme de nuevo, sin trabas ni problemas: que, por una vez, las cosas salgan bien.

¿Y del libro? Cómprenlo, absolutamente.

Amrita

Agosto 19, 2009 por Oliva León

Mi padre, es decir, el hombre que me abandonó, había tirado todas las cosas de mi madre. Yo no me imaginaba para qué podía servir. Era demasiado pequeña para saberlo. Pero conocía un cajoncito que mamá mantenía en secreto: me hice con el vibrador a escondidas y empecé a dormir con él llamando a mi madre. Era el único recuerdo que tenía de ella. Cuando me metieron en el centro de acogida y descubrieron que lo tenía, montaron en cólera y me lo quitaron. Yo sufrí mucho.  Pero, con el tiempo, volví a encontrar aquel chisme. En el cuerpo del hombre. Me gustaba mucho: era un poco mi madre, un poco mi padre, un poco un amigo…, era una mezcla de todo. Y en el mismo momento en que me sentí feliz por haber vuelto a encontrarlo, comprendí: ah, ya sé lo que era… Con mis antecedentes, debería haberme convertido como mínimo en una ninfómana. Las he pasado negras. Comparado con todo eso, te aseguro que el hecho de conocer a las personas en sueños me parece una nimiedad.

A Banana Yoshimoto la comencé a leer por Susana, quien me recomendo Kitchen.  Años después, en una de la FIL de Guadalajara con las manos llenas ya de bolsas llenos de libros que codicié durante mucho tiempo, me apersoné en el stand de Tusquets y comencé a seleccionar como loca libros y libros. La señorita que me atendía primero debe de haber pensado si tendría para pagar todo lo que estaba eligiendo (es que esa ves era mi día de no peinarme, y me llevé tenis y pants para andar con comodidad…), y luego pensó que tal vez yo era una millonaria excéntrica, al final fue sumamente amable y se ofreció a ayudarme a llevar mis cosas a mi coche, pero aparte de que no tengo coche, tenía una cita con Xavier Velasco…

En fin, uno de esos libros fue Amrita. Cuando leo a Banana Yoshimoto es como si viera una letra de caligrafía de sencilla belleza plasmada en un papel inmaculado. Se me hace algo muy cercano a la perfección. Las palabras adecuadas, las frases adecuadas, la historia adecuada.

Sakumi y Amrita son una sola. Sakumi antes del accidente en el que pierde la memoria, Amrita es la mujer en la que se convierte después del mismo, teniendo gran parte de “culpa” Ryuichiro, el novelista, pareja de su hermana muerta (Mayu), con quien sostiene una relación amorosa de encuentros y desencuentros, viajes a distintas geografías y otros páramos de la memoria. Alrededor de ellos está Yoshio, hermano menor de Sakumi/Amrita, inquietante, misterioso y soñador, la madre de ambos, una mujer seductora y que resiste demasiado bien los embates del tiempo, Mikiko, una prima, y Junko, amiga de la madre.

Es muy vago lo que les digo de esta novela, pero es que tienen que leerla, de verdad que sí, especialmente si les gustan las novelas que traten de amor y de muerte, y que estén maravillosamente escritas.

Ven, caballo gris

Agosto 11, 2009 por Oliva León

Me empecé a interesar por José de la Colina gracias a un concierto de trova. Al finalizar uno de los semestres de la carrera, la estación de radio de la universidad ofreció un concierto con Nicho Hinojosa, un cantante del que ahorita no recuerdo el nombre pero cuya canción “Esto no pasa” nos fascinaba a mi roomie de aquella época, Daniara, y a mí; y Olivo.

Obviamente Olivo era desconocido, pero se movía en esos ambientes. Guapo, de ojos preciosos y cabello rizado negro. Y trovador.

Así que cuando llegué con diez minutos de anticipación al salón donde la maravillosa Blanca nos daría la clase de Literatura Novohispana y lo vi ahí, al parecer esperando también… no lo pude creer. De tanto verlo de reojo creo que pensó que yo estaba loca o le estaba tirando el perro, así que me armé de valor para preguntarle: “tú eres cantante, ¿verdad?”. Y a partir de ahí comenzamos a platicar de música y libros, y fue cuando dejó caer el nombre de José Colina.

En cuanto tuve la oportunidad, busque desesperada libros de él, compré uno en Monterrey, pero éste lo conseguí apenas el año pasado en la FIL, en el stand de la Universidad de Veracruz.

Ven, caballo gris, título de uno de los cuentos y del libro todo, es una invocación y una orden; una súplica con careta de mandato. Revela, de entrada, las dos dimensiones de todos los textos: lo cotidiano y lo fabuloso, lo real y lo fantástico, lo que sucede en el tiempo y lo que sucede en la imagen, lo “vivido” y lo “pensado”. Una coma separa al “ven” del “caballo gris”; es decir, a sus dos realidades, el verbo de la acción real y el complemento de la acción imaginada, convocada, deseada. Y en todos los cuentos se cumple el mandato: el “caballo gris” viene hacia nosotros, se postra en nuestro imaginario. Hechos reales, de tintes autobiográficos se confunden con hechos de la fábula, construcciones de un acervo cultural que a todos nos pertenece. José de la Colina elige con mucha premeditación su punto de vista, preconstruye en la imagen del mundo y enseguida construye palabras para que lo veamos como él lo ve. Nunca califica la realidad mostrada. La muestra y nada más. Y en esta sencillez forja su maestría, su sabiduría de fabulador de verdades. (Juan Coronado).

Me fascina leer cuentos. Me gusta José de la Colina. Así que este libro es uno de los elegidos de mi corazón. El cuento que más me gustó es “Balada del joven enfermo”, una oda poética al dolor, a la trayectoria de la enfermedad en el cuerpo humano (una de las enfermedades venéreas transmitida generalmente por el coito con persona que la padece [la zumbante blanca mujer sapo fingiendo el amor y dándote muerte en el pantano la maldita mujer de ávido sexo venenoso]), a la imprudencia que toma su base en un deseo sexual implacable, que es sustituido, al final, con otro tan fuerte como éste, pero incierto: quiero curarme…

El cuento número trece

Agosto 10, 2009 por Oliva León

Las palabras tienen algo especial. En manos expertas, manipuladas con destreza, nos convierten en sus prisioneros. Se enredan en nuestros brazos como tela de araña y en cuanto estamos tan embelesados que no podemos movernos, nos perforan la piel, se infiltran en la sangre, adormecen el pensamiento. Y ya dentro de nosotros ejercen su magia.

Compré esta opera prima de Diane Setterfield – inglesa – en un Sanborns. No recuerdo si antes o después de entrar con la dentista, pero sí que ésta fue la opción más decente que la tienda me ofreció, justo antes de retirarme con las manos vacías y la intención de mantenerme alejada del libro de Niurka, aunque la curiosidad y un poco el morbo, sí, me carcomían.

Una vez el libro en mi poder, hubo tres o cuatro intentos de leerlo, pero entre que no me atrapaba y otro conjunto de razones que aquí no son pertinentes, pude, por fin, recomenzarlo para – esta vez sí – terminarlo.

Equiparo su lectura con la experiencia de tomar un té como Dios manda – o sugiere – y no burdas tentativas de aproximación a esta inglesa bebida. Sentí que la historia, no obstante lenta, avanzaba con seguridad hacia un desenlace adecuado, que no me dejaría con la sensación de haber desperdiciado mis horas de lectura. Fue cuestión de paciencia y de aniquilar a la lectora indómita que soy para emerger en la que debería ser. Como la niña tras la neblina.

En un principio, la trama – como el té – parece simple: una mujer solitaria (Margaret Lea), dedicada el negocio de los libros, recibe la carta de una novelista reconocida (Vida Winter), con una petición que la desconcierta.

Lea se embarca en la aventura de ser la única biógrafa autorizada de la enferma e inasible señorita Winter y, conforme transcurren las dos narraciones (la que la señorita Winter le hace a Margaret y la del libro), se va tejiendo un entramado de historias secundarias que acompañan a la historia marco, con una gran profusión de datos escurridizos y enigmáticos que (nos) convierten a Margaret Lea en detective, y en cuyas líneas palpita débilmente el corazón que dio vida a esta historia: Cumbres Borrascosas y Jane Eyre.

Para saborear un buen té hay que tener paciencia y esperar que el agua alcance la temperatura adecuada para así poder agregar el té, esperar cinco minutos y agregarle los toques finales: limón, azúcar, crema, miel para, por fin, poder disfrutarlo y saborearlo. Pasa lo mismo con esta historia: de repente los hechos han alcanzado su punto de clímax y, a partir de ahí, los nudos comienzan a desatarse y a acomodarse armoniosamente y sin problemas dejando a cada personaje, a su manera, viviendo si no feliz para siempre, al menos bastante satisfecho.

Esta novela es una oda al amor por los libros y, en general, por las historias que se guardan en el interior de cada casa, en el seno de cada familia.

Aunque me gusta el té, prefiero mil veces un mojito. Pero, de vez en cuando, no hace daño disfrutar de otros sabores.